Casa de los encuentros, de Martin Amis

               

Entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la muerte de Stalin, dos hermanos son encarcelados en la Unión Soviética y acaban en el mismo campo de trabajo en Siberia. Lev es un frágil poeta y pacifista. El otro, el narrador sin nombre, es un endurecido veterano de guerra. En el tiempo que medió entre la detención de uno y otro, Lev se casó con Zoya, la joven judía por la que competían y a la que ambos amarán toda la vida. Y sobre este triángulo amoroso, y el encuentro entre Lev y Zoya que tiene lugar en un campo de concentración en 1956, pivota el relato del superviviente, ya octogenario, emigrado desde hace años a América, que ha vuelto a Rusia y rinde cuentas a una hijastra fantasmal. Una novela que construye una Rusia que se desliza hacia la nada, prueba fehaciente de que sólo la literatura permite comprender el terrible espesor de la realidad. «Amis y la Rusia de Stalin se estaban esperando. ¿Qué otro novelista de su generación se habría arriesgado a tratar las atrocidades del siglo con tanta fuerza, tanta indignación moral, un arrojo tan temerario?» (John Banville).

En el gulag

 

Miguel Barberena

 

Dos escritores cohabitan el interior de Martin Amis. Uno es el brillante novelista, gran manipulador de la lengua inglesa, autor, entre 1984 y 1995, de una trilogía londinense- Campos de Londres, Dinero y La Información- que destaca en la narrativa británica de hoy día. El otro Martin, aparecido hacia 2000, y con más fuerza a raíz del los atentados terroristas del “9/11”, es un ensayista encabritado,  ruidoso “angry old man”, maestro del panfleto y la invectiva.  Este Amis de ceño fruncido engendró  Koba, el temible (2000),  ensayo personalísimo -como todo lo que escribe- en el que denuncia con grande y fingida indignación, y más de medio siglo después, los crímenes de Stalin.  En su nuevo libro, recién publicado en su país, The second plane: September 11: Terror and Boredom, una selección de artículos sobre el mundo post-“nine-eleven”, se lanza rabiosamente contra lo que él llama “islamofascismo”  - y agrega dos relatos con Mohammed Atta  y un doble de un hijo de Saddam Hussein como sendos protagonistas.  (Cual se debe con Martin Amis, el libro ya ha sido destrozado por la intelligenzia  de Londres y Nueva York.)
Entre sus exabruptos , Martis Amis regresó a su vocación primera. Escribió una novela breve -195 páginas en la primera edición de la editorial Jonathan Cape- , de trasfondo histórico, que ha titulado Casa de los encuentros (House of meetings), en referencia a las chozas en que los prisioneros del gulag soviético recibían la visita conyugal,  “la casa de citas”, literalmente.  Amis ha vuelto al tema de los monstruos de Stalin, pero ahora desde el plano de la imaginación, la “fiction” que llaman allá.  Mejor así: sin la carga ideológica y los clichés políticos de su más reciente estilo de “no ficción”, el Amis novelista es mejor.  Las exigencias del género, y la enormidad del tema,  le moderan el estilo desbocado y templan sus ansias de novillero. Escribe con un control que en un escritor tan pirotécnico  puede pasar por sobriedad. El libro es, junto a Koba, la otra parte del díptico ruso de Amis, la novelización de un capítulo negro de la historia de la URSS, el de los campos de trabajo forzado, mejor conocidos bajo el genérico de “gulag”, acrónimo de Glavnoye upravleniye lagerei (“central administrativa de los campos”). 
El narrador es un anónimo veterano del Ejército Rojo, octogenario ya, que recuerda desde el presente los ocho años (1948-1956) que pasó en el lager siberiano, junto  a su medio hermano menor, Lev. Los hombres amaron a la misma mujer, la judía Zoya, pero es Lev quien se casó con ella, justo antes de ser internado en el gulag Un triángulo escaleno (“de skalénos”, desigual), cuyo punto culminante es la visita conyugal de Zoya, la primera que hace a Lev en ocho años, el 31 de julio de 1956. Ella ha viajado semanas al campo de Norlag, en el ártico, para el fugaz encuentro con su marido,  hambriento, destruido y despulgado.  La posibilidad de una relación resulta la mayoría de las veces en una humillación, otra de las finas perversiones del sistema totalitario.
Amis escribe aquí su novela rusa. Para explicar su visión de las cosas, hace decir a su narrador: “La literatura rusa es la recompensa que nos ha sido dada por la truculencia de nuestra historia. Tan intensa, tan real, germinada en ese humus de sangre y mierda”.
Amis toma del Dostoievsky de Los hermanos Karamazov, de El Archiélago gulag de Solyenitzin, del Zhivago de Pasternak, y sobre todo en materia de estilo, de Vladimir Nabokov, maestro y figura tutelar de Martin Amis. Por uno de esos giros nabokoveanos, la novela se presenta como una larga carta que el hermano sobreviviente ha redactado para su hijastra.  Habla, memoria: el narrador explica su vida, marcada por la guerra (“En los tres últimos meses de 1945 violé a decenas de mujeres en lo que hoy es Alemania Oriental”), la violencia del gulag (“En el gulag no es que la gente muriera como moscas, es que las moscas morían como gente”);
marcada también por el amor torcido de y hacia Zoya y la lealtad, a pesar de la rivalidad amorosa, al hermano frágil, pacifista y poeta a lo Mandelstam.
Amis sobresale en la descripción de la vida en Norlag. Aquí lo tenemos:

“He aquí cómo se distribuía el poder en nuestra granja de animales. En lo más alto estaban los cerdos, la clase subalterna de administradores y guardias. Detrás venían los urkas: considerados “elementos socialmente afectos”, gozaban del estatus de individuos leales, que, además no trabajaban. Debajo de los urkas estaban las serpientes: los informadores, los “un o de cada diez”, y debajo de las serpientes estaban las sangijuelas, los defraudadores burgueses (falsificadores y malversadores y gente de esa laya). Cerca de la basa estaban los fascistas,  los del artículo 58, los enemigos del pueblo, los políticos. Y luego tenías las langostas, los juveniles, los pequeños calibanes: hijos ilegítimos de la revolución, el desplazamiento y el terror, eran los huérfanos salvajes del experimento soviético… Finalmente, tirados en el polvo estaban los comemierda, los que estaban en las últimas, los más míseros; ya no podían trabajar, y tampoco seguir soportando la tortura del hambre, así que lo que hacían era pelearse débilmente por bazofias y basuras. Como mi hermano yo era un “elemento socialmente hostil”, un político, un fascista”. (Sucrimen: hacer comentarios positivos de Estados Unidos en la cafetería de la universidad; el de su hermano: haber estado expuesto a la contaminación fascista durante la guerra.)

El narrador sobrevivió  y después no le fue tan mal: pasaron los años grises de Brezhnev y pudo exiliarse en Estados Unidos, donde se reinventó como un próspero empresario en el negocio de las prótesis. De esta segunda vida le ha llegado la hijastra… El exprisionero  recuerda todo esto mientras navega corriente arriba por el río Yénisei, hacia el lugar de los hechos, la ciudad posapocalíptica de Predposylov,  muy cerca ya de Norlag, encima del paralelo 69 en la llanura auroasiática. Es un crucero turístico, el tour del gulag: estamos en septiembre de 2004, en plena Rusia putinista, y el radio da cuenta de aquella tremenda la matanza de cientos de escolares en la escuela de Beslan, en Chechenia.  Ni hablar, Rusia no tiene remedio… Amis, a través de su sobreviviente del gulag,  lo enfatiza en la siguiente comparación entre los regimenes de Hitler y Stalin : “En los años 30 y 40, ¿quién inspiraba más repugnancia, Rusia o Alemania? Ellos, dije yo. Ellos eran muchos más repugnantes que nosotros. Pero ellos se recuperaron y nosotros no. Alemania no se está marchitando, Rusia sí.”