Guerra y computadoras
Juan Villoro
30 May. 08
"Si tuviéramos parque, no estarían ustedes aquí", la frase con que el general Anaya combinó la impotencia con el heroísmo (o con la presunción de lo que habría mostrado en otras circunstancias) hoy tiene que ver menos con las armas que con el control de las computadoras. Vencer al enemigo significa conquistar su disco duro.
El pasado 1o. de marzo, Raúl Reyes, segundo líder en importancia de las FARC, cayó en combate en Colombia, dejando a disposición del Ejército tres laptops, tres dispositivos USB y dos CD cargados de información. En total se encontraron 37 mil archivos, lo cual habla de la importancia que el comando narcoterrorista concede a la memoria digital. Supuestamente hay ahí un documento en el que se menciona una donación de las FARC por 100 mil dólares a Rafael Correa cuando era candidato a la Presidencia de Ecuador y otro en el que Hugo Chávez promete enviar 300 mil dólares.
Las máquinas fueron revisadas por los "forenses" de Interpol. Se les da el trato de cadáveres porque la inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida. La palabra "necropsia" se usa para estudiar el cadáver de otra especie. La autopsia de un gato sólo puede ser practicada por un gato. En el caso de las computadoras, parece absurdo hablar de necropsia, pues se trata de una extensión del cuerpo humano, que almacena las representaciones de la mente. Ante las laptops de las FARC, los expertos practicaron una autopsia.
Según Interpol, el software no fue alterado por el Ejército colombiano. Sin embargo, ¿qué garantiza que los forenses no hayan reconfigurado las máquinas? Chávez se defendió diciendo que sus enemigos creaban acusaciones "a la carta" en los acervos de las FARC.
Si algo deja claro este episodio es que la computación define las logísticas contemporáneas. Al mismo tiempo, plantea interrogantes sobre qué tan certera es una prueba virtual. La investigación policiaca ha estado unida a la noción de original, a encontrar una huella única e incontrovertible. En tiempos de Edgar Allan Poe, este trabajo podía depender de la deducción individual. El detective articulaba las pistas dispersas dejadas por el sospechoso.
Desde hace años, la investigación judicial se hace con computadoras. Hasta ahora su función básica había sido almacenar y relacionar datos en busca de una singularidad. En la desordenada marea de lo real, debe surgir el sospechoso inconfundible. El ADN, las huellas digitales y las actividades bancarias pueden llevar a un nombre, una dirección, un registro federal de causantes.
¿Qué sucede cuando la prueba no es humana sino posthumana, es decir, cuando no atañe al cuerpo sino a su prótesis cibernética? Una huella dactilar puede ser borrada por la torpeza del forense pero no clonada. En cambio, un documento virtual no es un manuscrito irrepetible y puede ser manipulado sin que se note.
En su más reciente libro, Antropología del cerebro, Roger Bartra estudia las redes culturales que determinan el funcionamiento de la mente. El hombre dispone de un exocerebro, una ampliación exterior de la conciencia, el espejo social que contribuye a configurar las reacciones neuronales.
Las computadoras son una prolongación del cuerpo pero están alimentadas por un software que nunca es un producto terminado sino sólo una versión. Se trata, pues, de un cuerpo inestable. En sus entrañas, un documento puede ser un original o una copia. La ensayista alemana Mercedes Bunz ha dedicado un libro al tema: La utopía de la copia. La relación entre el sujeto y la tecnología produce una tensa interdependencia. Los programadores diseñaron un recurso para que los usuarios dejaran su impronta (la firma digital http que permite rastrearlo), tal vez para perseguir posibles culpables o tal vez para dotar al sistema de un rasgo antropomórfico y librarlo de la despersonalización. Lo importante es que, sin darnos cuenta, dejamos rastros en el proceso digital. Esas huellas se llaman cookies. Como Hänsel y Gretel, avanzamos por el bosque tirando migas de galletas.
Esta imagen de cuento de hadas es difícil de asociar con la guerra. Sin embargo, lo que se busca en el sistema operacional del enemigo es, precisamente, cookies, el trazo de migas incriminatorias.
Dominar al enemigo implica dominar sus computadoras. Las FARC han perdido su acervo digital. El uso que se le dé a la documentación y el grado de veracidad con que se investigue pueden ser decisivos para acabar con ese afluente de la violencia colombiana, tan funesto como los paramilitares.
Mientras tanto, en otra guerra, el crimen organizado ha ganado una batalla decisiva en el terreno de la computación. El pasado fin de semana murieron 25 personas en Ciudad Juárez. Salvo los valientes que se atrevieron a festejar el triunfo de los Indios de Juárez en su lucha por el ascenso en el futbol, la población apenas salió a la calle, no sólo a causa de las ejecuciones sino por los mensajes de amenaza que recibió a través del correo electrónico. El terror ha llegado a la parte más sensible del cuerpo posthumano, la computadora. ¿Cómo fue posible que los narcos dispusieran de los correos de toda una comunidad? Lo que parece una utopía negativa imaginada por Orwell quizá no sea tan complejo en términos técnicos. En una sociedad donde los bancos venden los datos de sus clientes para que les ofrezcan promociones delirantes, no es de extrañar que también el crimen organizado viole esa zona de la vida privada. Lo extraño es que el gobierno no dé con las redes de lavado de dinero o financiamiento del narcotráfico.
El miércoles, el general a cargo de los operativos en Sinaloa dijo que sufrió bajas porque se le acabó el parque. Mientras el Ejército y el gobierno operan con la lógica que llevó a la derrota de Churubusco en agosto de 1847, el enemigo lleva un siglo de ventaja.
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No llegar a la meta
Juan Villoro
A últimas fechas tengo la impresión de que el secreto de la vida está en la posposición: si te retrasas lo suficiente, impides el drama de llegar.
Esta idea, que parece altamente improductiva, no está encaminada a fomentar la desidia sino a replegar el horizonte para ganar un atractivo tiempo extra.
Empezaré mi argumentación con un ejemplo tomado del reino animal (al que pertenecemos, pero que sólo resulta ilustrativo cuando lo vemos desde la platea). Vivo en compañía de Coco, un perro schnauzer con una clara misión en la vida: correr tras una ardilla. Si hubiera nacido en otra casa sus prioridades serían distintas, pero le tocó crecer en un barrio donde las ardillas usan los cables de luz para ir de un árbol a otro. La misión de las ardillas consiste en buscar ilocalizables cacahuates; la de Coco en parar la oreja cuando una rama tiembla con la prometedora presencia de un intruso.
Cada animal persigue un objetivo inalcanzable y así se mantiene en estado de feliz alerta. El novelista español Miguel Barroso me contó una elocuente parábola al respecto. Su padre era criador de galgos que solían animar las tardes persiguiendo una liebre artificial en el galgódromo. En una ocasión, uno de sus perros tomó la delantera hasta el momento en que hubo una falla de corriente; la liebre eléctrica se descompuso y el perro pudo darle alcance. Atrapar el juguete fue terrible. Durante años, el galgo había corrido en pos de un animal siempre postergado. No hay mayor estímulo que el del anhelo que se alimenta de sí mismo: la esquiva liebre era el horizonte que obligaba a correr. Al final del trayecto, el ganador cruzaba la meta vulgar de los apostadores sin alcanzar nunca la suya.
Cuando el galgo pudo al fin morder su presa sufrió una aguda decepción: su objeto del deseo estaba hecho de metal inapetente. Acto seguido, se deprimió, no quiso volver a correr, dejó de acercarse al plato de las croquetas y tuvo que ser sacrificado.
Este último recurso parece demasiado drástico; sin embargo, quienes saben del tema cuentan que pocas cosas son tan difíciles de sobrellevar como la melancolía de un galgo y que la muerte asistida representa un alivio para una especie que no conoce otra forma del suicidio que matarse de tedio.
¿Sueñan los galgos con liebres eléctricas? Quizá todos lo hacemos, lo único que cambia es el aspecto de lo que perseguimos.
Es obvio que en la vida conviene alcanzar ciertas metas. Sin embargo, la experiencia nos pone en contacto con dos formas de llegar a un fin. Como en los galgódromos, enfrentamos metas alcanzables (el fin de una carrera) y otras que conviene posponer.
Le conté esta anécdota a mi amigo Frank, que analiza muy bien a nuestros conocidos. Como de costumbre, no dijo nada al respecto pero registró el caso. A los pocos días le comenté que me había encontrado a Edwin, un conocido que acaba de recibir un premio importantísimo. Para mi sorpresa, Edwin estaba entre abrumado y sordo. Tuve que gritarle mi felicitación, me vio con ojos borrosos y cambió de tema. Se lo conté a Frank. Su respuesta fue fulminante: "Alcanzó su liebre".
Gracias a esta conversación entendí una historia que Chéjov no llegó a desarrollar, pero dejó anotada en sus cuadernos: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". De acuerdo con Ricardo Piglia, este apunte condensa la forma clásica del cuento. Que un hombre gane y disfrute es una anécdota, incluso una noticia (si el monto es apropiado). Que se castigue por haber ganado es un cuento. El secreto de esa trama consiste en que el final sea a un tiempo sorpresivo y congruente con la psicología del personaje (una oscura lógica debe impulsarlo a sufrir a fondo su victoria).
Me parece que la clave está en la liebre eléctrica. El jugador no se mata porque detesta el triunfo ni porque se siente culpable de revertir sus muchos días de sufrimiento. Se mata porque ya no puede seguir posponiendo lo que anhela. Su vida carece de segundas oportunidades. Obtuvo lo que deseaba, pero eso apenas lo compensa. Una vez alcanzado, lo que valía como propósito adquiere el sabor del metal inerte.
Esta tragedia ocurre cuando el protagonista tiene una meta de la que todo depende. No es casual que ocurra en los deportes. De pronto, una tenista que lo ha ganado todo dice que su oficio no tiene sentido y ofrece una conferencia de prensa donde justifica su retiro con torpes y escasas palabras. Se ha cansado de coleccionar liebres eléctricas, pero no sabe cómo decirlo.
Tal vez el gran Zidane quiso ponerse a salvo del afán de obtenerlo todo y por ello fracasó adrede en su último partido. Estaba a punto de ganar otro Mundial, hazaña inesperada pero no ilógica. La liebre estaba a su alcance, detenida por la diosa Fortuna, y no quiso atraparla. Salió del campo rumbo a la jubilación en la que ya no hay liebres pero en la que podrá soñar con la que dejó escapar.
Mientras escribo estas líneas, Coco, incesante, persigue una ardilla que no alcanzará. Conviene tener varias presas de ese tipo. La liebre eléctrica es símbolo de lo inalcanzable, y la liebre real, de la sorpresa (salta donde menos lo espera el cazador). Si dispones de varias presas perseguibles evitas la decepción del logro absoluto.
Sobran causas que impiden alcanzar el destino que queremos, pero a veces la vida se vuelve rara y nos permite llegar ahí por casualidad: la liebre se descompone y podemos morderla. Entonces la cambiante materia humana se pone a prueba. Cuando la liebre está a la mano, el político corrupto aprovecha para quedarse con la nómina, el triunfador renuente se pega un tiro y el héroe cultiva su último derecho a la derrota.
Al plazo para entregar un artículo se le llama deadline, la línea de muerte. La expresión recuerda los afanes de los galgos: hay que llegar a tiempo, pero dejar que la liebre corra por su cuenta.
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El espejo africano
Por Juan Villoro
Hace unos meses vi una película china que comenzaba con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros enviaban mensajes por teléfonos celulares y otros se leían la mano. Dos sistemas de comunicación coincidían en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.
¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un "autor de chat". Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran la forma de su escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclaban en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple. La red como fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.
El escritor habló de la polifonía y las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Puesto que internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me vio como si yo fuera un marciano y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino de Chad! La oralidad a la que se refería no era resultado de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición.
Pese a todo, mi disparatada interpretación de sus palabras no había estado tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad virtual permite un regreso a formas ancestrales de comunicación colectiva.
Para quienes crecimos en la era de los electrodomésticos, lo nuevo ofrece virtudes en las que confiamos sin mayor deseo de comprenderlas. Es posible que los bebés de la era digital crezcan sin saber cómo funciona un iPod. Pero ese leve artificio no les parecerá extraño. En cambio, alguien que se consideró moderno por usar una licuadora de seis velocidades ve con asombro lo que va más allá de la electricidad que se controla con botones.
El Siglo de las Luces prosperó sin focos. ¿Qué sentiría Diderot ante la posibilidad de encender la realidad con un switch? ¿Podría tolerar la existencia de todos esos aparatos de los que no habla su Enciclopedia?
Sin llegar a esa extrañeza, quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con utensilios de ciencia ficción, o por lo menos con aparatos que desafían el entendimiento.
Las personas adiestradas en tradiciones lentas -los tiempos en que había que esperar un año para que te instalaran un teléfono- tienen ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.
Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. Pensé en esto durante un congreso de escritores donde un novelista no se apartaba de su lap-top. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto, que a algunos podía parecerles frío, pero que para él era lo contrario: "Hace año y medio me separé de mi mujer", comentó con voz entrecortada, "ahora la computadora es mi pareja". La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.
Cuando esto sucedió, me sentí testigo de una historia ajena: ese colega humanizaba en exceso su computadora. Seguí viajando en compañía de mi G-4 hasta que, hace una semana, sufrió un accidente. Cayó al piso y cuando la encendí en mi hotel, la pantalla mostró un diseño con edificios de translúcida modernidad. Pensé que se trataba de un mensaje promocional. Estas ideas (mejor dicho: estos disparates) revelan una relación irracional con la tecnología. Para empezar, no se trataba de edificios sino de barras de color, provocadas por el golpe que la computadora había sufrido. Además, no podían haber entrado a mi computadora sin pasar por una conexión a internet. Mis fantasías negaban lo evidente: la computadora había expirado. Una diagonal negra atravesaba la pantalla: sangre de plasma. Sé que la expresión es incorrecta, pero es la única que me permite describir lo que pasó.
Había usado el teclado durante tantos años que las letras estaban borradas. Si alguien me preguntaba dónde se encontraba la "e", no podía decirlo (además, fue la primera en desaparecer, dada la constancia con que la uso); sin embargo, mis dedos la activaban por su cuenta cuando yo escribía.
Entendí la soledad del colega que hace unos años me pareció un hombre excesivo, un fetichista de los aparatos. Vi la pantalla como un espejo roto. ¿Me traería siete años de mala suerte?
Durante 10 años el objeto más usado por mí se había vuelto progresivamente desconocido. Ni siquiera sabía dónde tenía las letras, pero podía seguirlas de manera intuitiva, como quien sigue las líneas de una mano.
Lo único que en verdad entiendo de la computadora es su ausencia. Ahora que no está le escribo estas palabras, en un aparato prestado, donde me equivoco una y otra vez.
Las novedades radicales remiten al origen. Cada nueva computadora es un espejo africano.
Ha obtenido el Premio Herralde por su novela El testigo, el Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán por su libro sobre futbol Dios es redondo, el Villaurrutia por su libro de cuentos La casa pierde y el Mazatlán por su libro de ensayos Efectos personales. Ha sido profesor en la UNAM, Yale University y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Entre sus libros para niños destaca El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. |
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