Proust
neurocientífico
Federico Campbell
La música, las artes visuales, la literatura son expresiones
privilegiadas de la percepción y la emoción. La memoria tiene
una función fundamental en estos ámbitos. A través de las
nuevas investigaciones en el estudio de las redes neuronales,
Federico Campbell hace una meditación en torno a las intuiciones
—verdaderos descubrimientos— sobre las funciones de
la memoria y el olvido en la obra central de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

Como ha podido verse a lo largo de la historia, la ciencia
no es la única vía que conduce al conocimiento, a pesar
de que ahora se cree que puede llegar a descifrar todos los
misterios. A la verdad, tarde o temprano, se llega por
diversos caminos. Y suele ocurrir que primero la intuición
de un artista adivine cierto comportamiento mental del
organismo humano y que después la investigación científica
lo corro b o re. Se dice, de manera un tanto dogmática,
que “todo está en el cerebro”. Nadie podría asegurarlo
al cien por ciento porque los derroteros del arte
son impredecibles.
Dado que los artistas trabajan con la percepción
que se tiene a través de los cinco sentidos, no debería
extrañar ahora que tarde o temprano la neurofisiología
coincida con lo que entrevió el escritor o el pintor o un
músico como Igor Stravinski.
Jonah Lehrer, graduado de la Universidad de Columbia,
ha trabajado en el laboratorio del Nobel neurocientífico
Eric Kandel con la misma pasión que puso
al desempeñarse como cocinero en Le Cirque 2000 y
Le Barnardin, y es autor de un ya muy famoso blog en la
red que responde al título de La corteza frontal. La novedad
es que el joven escritor estadounidense ya ha dado
a conocer su más reciente libro: Proust was a Neuroscientist,
publicado por la Houghton Mifflin Company en
Nueva York. ¿De qué se trata? ¿Cuál es la tesis?
La idea principal y rectora de este ensayo es que un
grupo de artistas (un pintor, un poeta, un chef, un compositor
y varios novelistas) han descubierto en el pasado
ciertas verdades esenciales de la mente que sólo hasta
ahora redescubre la investigación neurofisiológica. Nos
enteramos, así, que Proust intuyó cómo funciona la
memoria y altera —o colorea de otra manera— la materia
recordada. Esto hasta ahora se está demostrando
en el laboratorio de los neurobiólogos, pero con otras
palabras estaba ya reconocido en las páginas de En busca
del tiempo perdido, la obra maestra de Marcel Proust.
Si escribir consiste en saber hacer conexiones, Jonah
Lehrer encuentra en un poema de Walt Whitman algo
que —a pesar de la separación entre mente y cuerpo que
hacía Descartes— vino ya a demostrar el neurólogo
portugués Antonio Damasio: que no hay división alguna
entre el alma y la carne, entre el cuerpo y eso que
solía llamarse espíritu. Whitman decía que cuando a un
hombre se le da de latigazos también se está lacerando
su alma.
La novelista francesa George Eliot se dio cuenta muy
bien de que en el cere b ro hay una natural maleabilidad,
es decir, que el cerebro tiene de suyo la capacidad de
reconstruirse al menos en parte luego de una lesión: una
admirable plasticidad. Lehrer también nos cuenta cómo
el chef francés Auguste Escoffier dio con otro gusto, el
quinto gusto, otra dimensión del paladar. Y en este orden
de ideas trae a colación el caso del pintor Paul Cézanne
que hizo observaciones sobre diversos matices de la visión
que más tarde ha dilucidado la más refinada oftalmología.
Pero tal vez el descubrimiento más interesante
del libro es el que se refiere a la escritora Gertrude Stein
que, sin pretensiones científicas, hizo ver la profunda estructura
del lenguaje, cincuenta años antes de que en
Estructuras sintácticas Noam Chomsky expusiera que el
ser humano viene al mundo con una dotación genética
—una gramática universal— para desarrollar el habla y
la escritura, es decir, el lenguaje. Se nace, tal vez, con
una predisposición innata a contar historias (a oírlas, a
gozarlas, a escribirlas).
Tal vez no sea del todo sabio, pues, reducirlo todo
a una mera cuestión de átomos, acrónimos y genes. La
realidad humana no es tan simple. El sistema de medidas
no es lo mismo que el entendimiento, y esto es lo que
el arte sabe mejor que la ciencia. Por ello lo aconsejable es
que artistas y científicos se lean cada vez más unos a otros.
Los escritores deberían atender más las entrevisiones
de las neurociencias.
Ya en una edad adulta, hacia los cincuenta años,
Marcel Proust sintió de manera dramática el paso del
tiempo. Todo se desvanecía, de manera cada vez más rápida.
El asma lo condenó a vivir encerrado entre pare d e s
de corcho. Y sólo pudo expresarse con lo único que tenía:
la memoria. Empezó a escribir, escribir, escribir, y ponía
tal atención al flujo de sus pensamientos y sus emociones
y sus sueños que empezó, sin saberlo ni buscarlo, a
entender el funcionamiento del cerebro y, en esa terra
incognita, el de la memoria. La mantecada remojada en
el té fue para él como la ingestión de un ácido. Y aunque
aparentemente tenía cierta debilidad por las frivolidades
de la clase social que disecaba, poco a poco —gracias a
la dinámica propia de la escritura— intuyó algunos de
los principios de las neurociencias modernas. Bastante
lo encaminó en esta asociación de ideas la lectura del
filósofo Henri Bergson y de su libro Memoria y vida.
De todos los sentidos el olfato y el gusto fueron los
que más intrigaron a Proust, acaso porque son los más 
relacionados con los sentimientos. Esto se debe, dice
Lehrer, a que el olfato y el gusto son los únicos sentidos
que conectan directamente con el hipocampo, centro
por excelencia de la memoria a largo plazo en la cancha
del cerebro.
Otra cosa en la que reparó Proust es el carácter
esencialmente cambiante y deformante de los trabajos
de la memoria. Si no quieres adulterar nada del pasado
no lo cuentes, parece advertir. Si no quieres matizarlo, no
lo pienses. Porque más que reproducir, la memoria inventa,
reorganiza en categorías el asunto recordado.
Así, el único paraíso es el paraíso perdido: el pasado.
Y no era culpa suya, dice Lehrer:
Simplemente no hay manera de describir el pasado sin
mentir.
Nuestra memoria no sólo parece ficción. Nuestra
memoria es ficción.
Y allí está el secreto de Proust: en que para recordar
algo tenemos que recordarlo mal. Luego está la función
del olvido, indispensable para pensar. Para editar el pensamiento.
Olvidar es tan importante como recordar.
Incluso de la muerte se puede uno olvidar.


        Marcel y Robert Proust, 1882