Postal de París

Avedon, Leibovitz: Mano a mano

Miguel Barberena

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Marilyn Monroe, Nueva York, 1957, por Richard Avedon.           Demi Moore, Culver City, California, 1991, por Annie Leibovitz                                                                                         
 

Observe las dos fotografías que ilustran este artículo. La mirada perdida de Marilyn Monroe, una muñeca rota.  Demi Moore embarazada, desnuda y en toda su gloria. En la primera, de Richard Avedon, hay un tormento, se anuncia la tragedia. La segunda, de Annie Leibovitz, es puro glamour, un elaborado “poster”. Avedon y Leibovitz, maestros del retrato, parecidos y diferentes, se enfrentan este verano en París. El museo Jeu de Paume, en Place de la Concorde, inauguró el pasado 1 de julio la retrospectiva Richard Avedon: Photographies 1946-2004, mientras que no lejos de ahí, en la rue de Fourcy, la Maison Européenne de la Photographie, presenta desde el 18 de junio, y hasta el 14 de septiembre, la exposición Annie Leibovitz. A photographers life, 1990-2005. Fotógrafos “comerciales”,  además de ricos y famosos, Avedon y Leibovitz

han sido menospreciados -o mirados con “sospechosismo”- por los más serios. No le hace: sus fotos de celebridades han tomado por asalto los dos principales espacios destinados al arte de la  fotografía en esta ciudad.  Inmejorable ocasión para contrastar a estos dos importantes fotógrafos.

Richard Avedon (1923-2004), es el verdadero maestro; Anne-Lou Leibovitz (1949) su discípula más aventajada. La influencia del primero es notoria: cuando Avedon coloca una serpiente sobre el sinuoso cuerpo de Natassja Kinski, Leibovitz colgará un pitón al cuello de una desnuda Cindy Crawford; Avedon fotografía la decrepitud y muerte de su padre, Jacob Israel, y Leibovitz va a hacer el mismo memento mori para Samuel, su papá.

Para 1970, cuando Leibovitz empieza su carrera en la revista Rolling Stone,  Avedon ya había fundado el ‘stil nuovo del gran retrato de celebridades. Empezó Avedon su trayectoria en la fotografía de alta moda para la revista Harper´s Bazaar. Su portafolio de 1946 en París revolucionó el género: dotó de movimiento a las modelos, que hasta entonces sólo servían de rígidos portatrajes para las “creaciones” de los diseñadores. Avedon sacó a  las “manquíes” a las calles, al café, les quitó los “estatuesco”: la fotografía de Sue Parker, una de sus modelos fetiche, con un precioso abrigo Dior, saltando sobre un charco en la Place de la Concorde hizo historia. Lo mismo la de Dovima, otra de sus modelos, posando en medio de dos elefantes, con un elegante vestido de noche, también de Christian Dior.

El mundo de la moda le quedó pronto muy chico, aunque nunca lo abandonó por completo, como atestigua su posterior trabajo para las revistas Vogue y Egoiste.  Ya para mediados de los años cincuenta se ejercía con virtuosismo en el retrato. El del escultor Alberto Giacometti, tomado en 1958, marca un parteaguas y define su visión y estilo. Durante los siguientes cincuenta años no hubo personalidad importante que no pasara frente a su cámara de 8 x 10: políticos (Eisenhower), escritores (Samuel Beckett, Ezra Pound), actores (Charlie Chaplin), compositores (Stravinsky), artistas (Andy Warhol), cantantes (Bob Dylan, Los Beatles)… todos posaron para Avedon, las más de las veces con fundado temor ante la punzante mirada de nuestro fotógrafo. “Tráteme con gentileza”, dice Avedon que le dijo Henry Kissinger.

Pero Avedon no solamente retrataba a las celebridades. Aborda otros temas que revelan un compromiso político y social: tanto pacifistas, víctimas vietnamitas del napalm, antiguos esclavos y, muy notoriamente, en una más admiradas series, “In the American West” (1979-1984), en la que rompe con el mito del oeste estadunidense: gente de los más ordinaria que fijan al espectador con una misma mirada penetrante y perdida.      

Avedon sabía  sacar a flote las tragedias íntimas detrás de la máscara, las huellas del tiempo y de la muerte. La serie de fotografías que realizó entre 1969 y 1973 para documentar la decadencia de su padre, corroído por el cáncer, es magistral. En poco tiempo, Avedon redujo el retrato a lo esencial: literalmente, un cara a cara, un duelo entre dos miradas. Su estilo es su leyenda: un fondo completamente blanco para evitar la distracción del ojo; el modelo de frente, sin adornos. Sólo queda la interpretación clínica, sicológica, de esa criatura compleja que es todo ser humano. Avedon también es el primero en utilizar el gran formato; el retrato rivaliza así con la monumentalidad de la pintura.

Pero Avedon no creía en la profundidad de las imágenes. “Mis fotografías no van detrás de la superficie de las cosas”, decía en 1980. “No van detrás de nada. Son solamente lecturas de la superficie”. 

Una lección llevada al extremo por Annie Leibovitz, la fotógrafa de la superficie por excelencia. También se ha especializado en el retrato de gran formato, y también ha fotografiado al “quién es quien” del mundo entero, pero se encuentra en las antípodas de Avedon. Avedon es blanco y negro, Leibovitz es technicolor; Avedon es la desnudez de la imagen; Annie las recarga hasta lo barroco;  Richard trabaja a solas con su modelo, Annie requiere de un grupo de asistentes, maquillistas, accesoristas y otros de vestuario y estilismo… Empezó como una “rock and roll photographer” en la revista Rolling Stone (su famosa foto de John y Yoko entrelazados, tomada el mismo día, unas horas antes,  del asesinato del Beatle, el 8 de diciembre de 1980), pero luego se mudó a Vanity Fair, donde ha desarrollado su estilo, fotografiando esos personajes que no necesitan el apellido para ser reconocidos: Oprah, Nicole, Mick, Arnold, Bill y Hillary, Angelina y Brad, Barak, Whoopie, Condoleeza… y hasta la reina Isabel… Como a Avedon, las élites fascinan a Leibovitz; pero a diferencia de Avedon, ella no se interesa por sus interiores. Al contrario, lo suyo es la celebración de la fama, la ilustración del narcisismo. Una fotógrafa perfecta para una generación que no busca romper ídolos, sino adorarlos. Y si no, hay que ver su retrato del futbolista David Beckham…

Además de estos retratos de celebridades, la exposición de Leibovitz incluye fotos más intimas, de su familia y amigos, muy en especial de su compañera, Susan Sontag. Annie documentó la lucha de Susan contra el cáncer, al grado de hacernos sentir los voyeurs  de la muerte de la afamada escritora.  La exposición, con más de 200 fotografías,

reconcilia así las dos caras de Leibovitz, la esfera privada y la imagen pública.  Una obra glamorosa, espectacular, pero falta de alma. Y esa es la principal diferencia con la obra de Richard Avedon, a  quien por cierto Annie Leibovitz también retrató.  

M.B.