El cuestionario Proust

 

al modo de Beto Buzali

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con nuestra invitado:

 

Armando González Torres

 

 

 

¿Cuál es tu idea de “la felicidad perfecta”?

Tardes soleadas, rodeado de viandas, vinos y seres queridos.

¿Cuál es tu mayor temor o miedo?

La ceguera

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Trabajar mucho

¿Cuál crees que fue o sería tu mayor desdicha?

Perder la sensibilidad ante las dichas cotidianas

¿Cuál es tu mayor defecto?

La vanidad

¿Cuál es el defecto que no perdonas en los demás?

La traición

¿En qué ocasión mentiste?

La mentira es parte de la creación literaria y de la supervivencia.

¿Cuál es el ser humano que merece tu desprecio?

En que no es consciente de su propia maldad.

¿Quién es el personaje histórico con quién más te identificas?

Me interesan mucho los intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX mexicano, me parecen un ejemplo de valor civil y probidad.

¿Cuál sería el talento o habilidad que te gustaría tener?

Me gustaría tocar algún instrumento musical.

¿Cuál consideras tu mayor éxito?

Sobrevivir.

¿Cuándo y dónde fuiste o eres realmente feliz?

Soy feliz con la rutina un poco heterodoxa que practico, que consiste en trabajo constante y disciplinado, recompensado con episodios de diversión tempestuosa.

¿Si pudieras cambiar algo de ti, qué sería?

Me gustaría ser menos culpígeno, después de la diversión tempestuosa.

¿En dónde te gustaría vivir?

Me gusta la ciudad de México, pero también sería feliz viviendo en Nueva York, París, Buenos Aires, Barcelona o Pekín.

Si después de muerto regresaras como personaje u objeto, ¿cuál o qué quisieras ser?

Me gustaría ser un librero de madera en una biblioteca doméstica.

¿Si fueras un libro, cuál sería?

La Tumba sin sosiego, de Cyril Connolly

¿Si fueras un animal, cuál?

Un perro.

¿Cuál es tu ocupación o entretenimiento favorito?

Caminatas extenuantes por la ciudad.

¿Cuál es tu posesión más valiosa?

Mi biblioteca.

¿Cuál crees que sea el rasgo de tu personalidad que mejor te define?

La curiosidad.

¿Quiénes son tus escritores favoritos?

Dante, Quevedo, Cervantes, Calderón de la Barca, San Juan de la Cruz, Baudelaire, T.S. Eliot, Malcom Lowry, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Salvador Elizondo.

¿Quiénes son tus artistas favoritos?

Me gusta mucho la música desde Mozart hasta Messiaen y desde Händel hasta Arvo Pärt; también me gusta la pintura, desde los maestros del renacimiento itaiano hasta el arte pop, me preocupa, sin embargo, la trivialidad y complacencia que se ha instalado en ciertos sectores de las artes plásticas contemporáneas.

¿Quién o quiénes son tus héroes de la vida real?

Admiro a esos héroes anónimos, que practican un altruismo sin protagonismo.

¿Quién o quiénes son tus héroes de la ficción?

Julian Sorel.

¿Te lamentas de algo que no hayas hecho aún en esta vida?

No, he hecho más o menos lo que he podido.

De los errores cometidos, ¿cuál merece tu indulgencia?

Los errores nacidos del ofrendarse a una pasión sincera merecen comprensión.

¿Cómo te gustaría morir?

En una tarde soleada, ante una hermosa vista, degustando vino.

¿Cómo quisieras que te recuerden las generaciones posteriores o la historia?

Como una inteligencia honesta.

¿Cuál es tu lema o frase preferida?

“…con los ojos hacia el suelo y la mente en alto” Nilo de Ancira.

¿Cuáles serían los tres deseos que te gustaría se te concedieran?

Salud, albedrío y amor.

Defínete con seis palabras por favor.

Soy un epicúreo de espiritualidad pragmática.

 

 

  • Armando González Torres.
    Nació en 1964 en la ciudad de México. Poeta y ensayista, estudió en El Colegio de México. Publica en numerosas revistas y suplementos culturales de México y el extranjero. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. En 1995 ganó el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen; en 2001, el Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes; en 2005, el Premio de ensayo Jus 2005, Zaid a Debate, y en 2008, el Premio Nacional de Ensayo José Revueltas. Es autor de cuatro libros de poesía: La conversación ortodoxa (Aldus, 1996), La sed de los cadáveres (Daga, 1999), Los días prolijos (Verdehalago, 2001) y Teoría de la afrenta (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008); de los ensayos Las guerras culturales de Octavio Paz (Colibrí, 2002) y ¡Que se mueran los intelectuales! (Joaquín Mortiz, 2005), y del libro de aforismos Eso que ilumina el mundo (Almadía, 2006).

 

 

 

 

La sed de los cadáveres

Por Armando González Torres

(Nota del editor: los siguientes poemas del escritor mexicano Armando González Torres pertenecen a su poemario La sed de los cadáveres, de 1999).

Lastimosa lascivia hace frágil el linaje
que arrastra indelebles máculas pues el patriarca
para estuprar enarbolaba un lábaro falaz:
cebaba a su víctima con pervertidos néctares
fingíase efigie desvalida o apacible forma,
volvíase tal vez hombre bestial o bestia mansa
que inducía a su propia, muelle y dulce descendencia
y en cópula infeliz decretaba el cruel destino
de una estirpe inaudita por delirios agobiada.


Esmirriados montajes de concreto,
impudicia de abyectos materiales,
mezcla pánica de gestos y lenguas,
carroñas con su pena, pesadumbre
acechando las sucias construcciones
donde surgen eléctricas bellezas.
Las calles de colores carcomidos,
el aire con sus númenes zumbones
la marca testaruda del insecto,
el vaho, la emanación de la comida,
el menstrual aroma de las hijas
hacinadas en muros tan estrechos.
Ciertos viejos dormitan en hamacas;
los guerreros reposan taciturnos
evocan el combate pernicioso,
liza cruel que precediera la ruina;
las bestias yacen en el arenal
alzan polvo con su resuello inquieto.
(Yo pude haber ganado la indulgencia;
redimir quizá mi depuesta estirpe
en tan poblados y dolientes lares;
pero mácula infame y rutinaria
ocupaba mi testa y condenábame
a la desmemoria, al guiño estéril).


Hijos de la fornicación indigna
engendros de estupro y de insanía
sin duda reconoces su figura
se deslizan por calles subrepticias
acaparan comidas nutritivas
desperdigan patéticas sonrisas
pronuncian frases mansas pero infames
dícense consecuencia del declive
del siglo y sus frágiles criaturas,
recitan salmos para el perdón
ejercitan retóricas piadosas
para aliviar la seña del origen
mas no esperes repriman la blasfemia
si la lluvia mancha sus pobres ropas
o si la húmeda hez que anega arrabales
se impregna en sus zapatos desgastados


Torvas tardes aguardan de fatiga,
un atroz e inexplicable suplicio
nos asedia, un perjuicio sorprendente
acecha las espaldas, sobresalta
nuestras almas agrietadas, derrama
suciedad en los cabellos macilentos.
Asombro, vilipendio, éxtasis no.
Diríase que es producto de anatema
o frase impía vertida en arrebato
el viento hinchado sobre nuestros ojos
la lluvia de ceniza, la sequía
la ausencia de los dones y el acopio
de jornadas indolentes, de días
insepultos y caminatas sórdidas
por los infaustos barrios de la infancia:
(han marcado mi rostro los verdugos
yo he vencido en virtud de la renuncia
vestigios numerosos de mi sangre
amagan territorios enemigos).


Por la delicada red del misterio
por el sutil círculo aleatorio
que gobierna los instantes sublimes
que preside la fe, el deseo y la lágrima
por ese azar fiero o compasivo
fuimos siervos del signo sometido
inquirimos remotos alfabetos
que envilecían la lengua de la tribu
probamos con retóricas espurias
que enfermaban de labia la garganta.
Esos años de fuego convulsivo
esas tardes de ansia y paradoja
conocimos la sed de los cadáveres
y bebimos el líquido piadoso.