De Regina Kalach Atri. Más poesía 

XXXV.

Llueve.

       Algo ajeno  flota por encima de las cosas. Las transfigura. Se vislumbran  algunos tonos verdes de humedad. Aquí y allá una gota se apoltrona en una hoja.  Refulge.  Después de  la lluvia colgarán  de techos, de ramas.  De la parte posterior de tu alma.

      La bruma gris te envuelve con su vaho.  Llueve siempre y de igual modo.  Agua frágil y constante.  Te preguntas si alguna vez los días fueron distintos.  Una luz temblorosa se filtra apenas.  La lluvia empapa lo que toca. Hace translúcidos a los objetos.   No incide en ti, se cuela.  Te habita con pudor,  con cuidado. Entre gota y gota, te da espacios de silencio.  Persiste en tu memoria su fulgor plateado.  Como si no hubiera otra manera de ser del agua excepto lluvia. 

      Otro tiempo, otro lugar. Remoto.  ¿Dónde?  Paraje de autos y montañas.  Escuchas otra lengua.  La desconoces.  Casi.

      La lluvia continúa.

      El tiempo lloviendo y llovido. Montañas negras, húmedas.   Pátina de agua y niebla.  Densas nubes se posan en sillones, dormitan,  se derraman  sobre muebles, en la alfombra.  Se alargan, te cubren. Agua que se vierte y acaricia cada estancia, cada cuerpo. 

      Escuchas  un blues.  La música te cala.  Y es  lugar común decir  que esos ritmos se llevan con la lluvia, pero es cierto. Unas cuantas notas/gotas.  Se arrastran.  Las sigues.

      Todo el día ha sido de tarde. Las horas se han hecho idénticas.

Llega la noche.   Oscuro total como en el teatro.  Sin estrellas. 

      La noche.  Lluviosa.