La ciudad literaria
de Julio Ortega
TRIBUNA: JULIO ORTEGA
Neruda
JULIO ORTEGA 14/06/2008
Visita: http://blogs.brown.edu/project/ciudad_literaria/
Llegué a Santiago
de Chile invitado por la Fundación Neruda como jurado del Premio Neruda.
Nos alojaron en el Hotel Neruda. Y nos llevaron a comer a la casa de
Neruda el menú degustación de Neruda. Con Carlos Fuentes y Jaime Concha
deliberamos cinco minutos y le concedimos el premio a José Emilio Pacheco,
el único poeta que no ha necesitado matar a Neruda. Cuando José Emilio
fue a recoger su premio, los periodistas quisieron saber por qué nos
había tomado tan poco elegirlo. "Ellos saben", dijo él,
"que debo pagar mis deudas y guardar lo que quede para mi entierro".
Felizmente, todos los escritores latinoamericanos ganarán un premio
en España.
Neruda, como Víctor
Hugo, escribió tanto que no terminaremos nunca de leer su obra. Siempre
aparecerán noticias y textos que la revelan incompleta. La fama es
obscena y feroz. A Vallejo un traductor le descifró los poemas tachados
y los tradujo como recuperados; y un crítico acaba de publicar unos
borradores suyos, perfectamente ilegibles. Vallejo olvidó romperlos
y descartarlos. Aunque tampoco eso es suficiente. La criada de Alfonso
Reyes, contó Carlos Fuentes, le recuperaba pliegos de la papelera,
y los ordenaba en un folder titulado "Papeles rotos de Don Alfonso".
Ya se ve que era filóloga.
Fui, claro, a visitar
la casa de Neruda en Isla Negra y, mucho me temo, debo ser de los pocos
visitantes que no se entusiasmó. En realidad no es la casa del poeta.
Nadie podría haber vivido en su propio museo. Pero tampoco es un museo,
es un gabinete de curiosidades ligeramente monstruoso. Los objetos están
multiplicados (no hay una o dos caracolas sino diez o veinte) y saturados.
La semejanza repetida es una perversidad de la naturaleza. O quizá
un horror al vacío de la posesión coleccionista. Juan Ramón Jiménez,
que era malo, lo llamó "gran poeta malo". No es verdad. Nadie
como Neruda es capaz de suscitar el vértigo de la materia en su fluidez
sensorial, en su inmanencia gratuita.
Tengo que confesar
que releyendo el Canto general me desperté de pronto. Pensé
que el libro demanda el entresueño. Jung se durmió en la página 50
del Ulises de Joyce, pero como era capaz de leerlo todo, interpretó
su sopor como un enigma. Yo, en cambio, creí descubrir que la voz de
Neruda se había hecho en los grandes recitales de las plazas del pueblo.
Era una voz bíblica, de larga cadencia creciente, que acarreaba la
materia original para compartir el mundo.
Octavio Paz, más escéptico,
dijo que se trataba de "la monotonía geográfica de Neruda".
Qué gran poeta es
cuando las palabras le son suficientes. Yo todavía creo que le habla
a la poesía cuando dice: "Me gustas cuando callas porque estás
como ausente". La poesía es, tal vez, ese silencio absorto, libre
de la repetición y el sentimentalismo.
Julio
Ortega es catedrático en la Universidad de Brown (Estados
Unidos). Acaba de publicar Transatlantic Translations, Dialogues in
Latin American Literature (Reaktion Books) y Obra poética de Rubén
Darío (Círculo de Lectores).