Suecia es un sueño
Nítida claridad rubia del cielo azul que, en verano, no anochece; parece
pardear la luz por
el poniente, mientras que por la otra orilla se asoma otro amanecer
y el Sol de medianoche
confirme los mil rostros de Estocolmo. Esto es el colmo de muchas perfecciones
que
parecen incomprensibles: las calles como alfombras de asfalto, las aguas
limpias, las miles
de islas de un archipiélago que cada día más se parece a la piel
del mundo, con todas las
razas, colores y sabores en hormigueo de cada quien a lo suyo, de que
quien se pase en
semáforo perderá para siempre la licencia de manejo de que los horarios
son inamovibles,
a pesar de que no exista la noche. Sueño de arquitecturas perfectas,
rematadas con oro y
la sobria armonía de sus barrocos, con los brazos del mar extendidos
como dedos entre
un bosque de mástiles de todos los barcos, vapores y veleros posibles.
Todo parece ser la infinita maqueta donde, de pronto, aparecerá entre
las nubes la
mano gigantesca de un niño para volver a poner un tren sobre la vía
y componer al
perfecto tranvía que se ha descarrilado sin heridos y todos los camiones
y los autos no son
más que fugados de una juguetería aledaña a una panadería que vende
tiernos panes de
azúcar y café fuerte con leche blanca de vacas cuyas manchas parecen
el pictograma de
un códice bovino que se lee en las aguas frías de este extremo nórdico.
Es el paisaje de
los párrafos de Selma Lagerlöf, los diálogos de August Strindberg,
y las tramas misteriosas
de Henning Mankell y nadie parece hablar aquí de su propia solitaria
altura; esa estatura
convencida de sus rutinas donde todos parecen sonreír desde sus pieles
claras y oscuras,
blancas, morenas y negras, el dorado rubio y los rulos sorpresivos de
todos los colores,
como serpentinas de luz para que llegue el viento gélido del Polo Norte
y se filtre entre los
bosques para arrugar la piel de los mares y lagos, alivio de las ráfagas
cortas de un calor
inesperado. Suecia es un sueño de luz cambiante, diferencia de sombras,
proyecciones
tenues y ligeros ocres. Alfombra de musgos para que las raíces de los
árboles se hundan
como dedos en la tierra, transpirando caviares amarillos, frambuesas
en racimo entre
estatuas de oro puro y edificios que conservan intacto el desfile de
todos los tiempos
pasados como si fuera la piel de un salmón. Por allá el vikingo y
el inmigrante, por acá las
palabras que escriben con signos raros como sombreros sobre las letras,
como
enredaderas de su paladar. Aquí, el niño que leyó en español el
delirio fantástico de
Lagerlöf llamado El maravilloso viaje de Nils Holgerson, para despertar
soñando, décadas
después, en la ciudad donde ella obtuvo el Premio Nobel, sobre las
mismas alas inmensas
de un ganso blanco, con la más pura de las ilusiones: viajar leyendo.
Debo a la generosidad del Ministerio de Educación de España, en colaboración
con la
Embajada de México en Suecia y la inmensa hospitalidad de la Embajada
de España soñar
ahora Suecia. Debo a los esfuerzos admirables de un puñado de personas
fascinantes este
sueño ya parezca no despertarse jamás. Gloria Abelló, catalana con
muchas horas de
vuelo lingüístico, ha logrado apuntalar varias ediciones de este convivio
anual donde se
honra y fermenta el español, con todos los acentos y todos los empeños
que lo conforman
y mantienen vivo. Con motivo del "Curso de Actualización lingüística,
metodológica y
cultural para profesores de español", he podido soñar que leo
y que me leen en aulas
alucinantes de la Universidad de Estocolmo, en la Biblioteca del Instituto
Latinoamericano
y en la Internacional de Estocolmo, bajo las alas de un arcángel llamado
Johan Falk que
tanta labor ha hecho desde sus dos metros de estatura, los humos de
su pipa y la sonrisa
nórdica que parece hablar en silencio por tantos escritores hispanoamericanos
y sus libros
aquí, en este sueño donde algunos han recibido el merecido premio
a sus maravillas. Por
allá sigue el eco de unos versos perfectos de Pablo Neruda y a las
orillas del Báltico parece
resonar aún el pensamiento en palabras y los poemas en silencio de
Octavio Paz, por la
acera más florida flota entre hojarascas de un supuesto verano la camisa
de lino blanco
moteada por mariposas amarillas de Gabriel García Márquez y en un
callejón medieval, en
tertulia con otros fantasmas inmortales, se ven los ojos de Borges que
precisamente no
fue premiado aquí para que tantas librerías y tantos lectores lo citen
constantemente.
Suecia es un sueño tatuado por miles de islas como lunares entre horizontes
interminables de todos los verdes, la límpida opulencia de todos los
azules y el graznido
sorpresa de amarillos o naranjas, flores por doquier y bicicletas hasta
para las abuelitas.
Estocolmo parece el laberinto de escenarios donde se canta esa ópera
de Verdi, Un ballo
in Maschera, cuando asesinaron aquí a un rey entre antifaces y confetis
o cuando
asesinaron entre sombras de oprobio a Olof Palme y en el mismo cuadriculado
de calles
como un damero las otras caras de la convivencia pacífica, de su preocupada
democracia y
pluralidad, aun bajo las tres coronas que custodian todos los palacios,
todas las casas y
cabañas, en este paisaje de alces y de renos, de todas las aves descarriadas
que, de
noche, no saben si fingir que duermen o simular que cantan al Sol del
verano para
recordar a la Luna y su larga noche que, en invierno, se instala sin
piedad y con todos los
fríos.
Sueño que estoy en Suecia con gratitud y con el honrado asombro de
confirmar el
mucho aprecio y admiración que le guardan a tanta literatura de México
y todos los
párrafos que hermanan a Hispanoamérica. Estoy en Estocolmo como quien
lleva en el
pasaporte señales de lecturas, sellos de aduanas escritas y una maleta
llena de ilusiones
constantes, todas metáforas del sueño que no logra entender el descabellado
contrato de
un señor llamado Sven Goran Ericsson como nuevo responsable de la utopía
del futbol
mexicano. Desde luego que no puedo desearle más que suerte y confiarle
desde ahora mi
profunda admiración porque aprenderá a hablar el español, anclado
en la fonética y en el
festival de las vocales de su lengua materna. Llevará en la mente lo
que se percibe en
Suecia, las fachadas de Estocolmo y las bitácoras de los barcos, desde
vikingos hasta yates
modernos: disciplinas, órdenes, rectitudes inamovibles, empeño constante
y mucha
callada resignación… todos, elementos que nada tienen que ver con
nuestros futbolistas
(tan ajenos al mismo juego que por estas fechas tiene su gran torneo
en Europa), todos
nosotros tan propensos al yamerito, alratito, nosepudo, o a la transgresión,
desobediencia
o desacato en el casicasi y el áisevá y, sin embargo, uno no puede
menos que confirmar
que hay milagros que suceden, y confirmar que Suecia es un sueño que
se cumple.
Jorge F. Hernández
jfhdz@yahoo. com