LUGAR
DE MUNDO
(sobre la dramaturgia de José Alberto
Gallardo)
Guillermo Arreola ( * )
José Alberto Gallardo
I
Tres son las obras de
teatro de José Alberto Gallardo de cuya elaboración escritural me
ha permitido el autor seguir de cerca como testigo: No Othello, ContraHamlet y Breve silbido desde el exilio. Quisiera ejercer de crítico
profesional para hablar de la labor de este dramaturgo, pero no cuento
con esa facultad, la de la crítica profesional, y ello a la vez que
me resta autoridad, me exime de la posibilidad de decir, con intención
flamígera, vaguedades como las que se han dicho de algunas escenificaciones
de Gallardo; por ejemplo, que con No Othello el dramaturgo “se
atreve a meterle mano a la tragedia del moro de Venecia”. Lo que aquí
quisiera decir es simplemente que las obras de este dramaturgo son,
precisamente eso: obras de teatro, dramaturgia y literatura, pues ¿no
es la dramaturgia también literatura? Ahondar en que Gallardo no ha
corrido con buena fortuna en apoyo institucional para sus montajes,
no me compete; como tampoco me compete cuestionar que, en cambio, el
apoyo institucional se mantuvo al pie del cañón, es decir hasta completar
temporada, con la escenificación de aberraciones como las tituladas El capote y El infierno o el nacimiento de la clínica. Aunque
importa mencionarlo, como importa recordar asimismo que Gallardo dramaturgo
es el mismo director de teatro que en 2002 realizó uno de los montajes
más atractivos que se han hecho en México, si no el único, al Fragmento de teatro II de Samuel Beckett.
Pero
como más allá de competer hay obras concretas, quisiera decir que
las de Gallardo, que aún navegan en el inmenso océano de lo inédito,
son obras vigorosas, indagadoras en maremagnums lingüísticos, formas
de invención muy reciente, que despiertan un sinfín de suspicacias
a los albaceas del canon dramatúrgico. Quisiera ser crítico profesional
y así poder poner como mantel tendido el quid que las sostiene.
Pero no lo soy y me limitaré a decir que en todas ellas imperan planteamientos
arriesgados, pero no por ello carentes de solidez; como por ejemplo,
el de la corrupción de la escenificación teatral, metaforizada en
la enfermedad de sus personajes como, más que hilo, faro conductor.
Así, narcóticos y jeringas anuncian la mortandad de los mitos del
teatro mismo en los cuerpos y pasiones de Hamlet y Ofelia en ContraHamlet.
De modo similar, la enfermedad está presente en la pérdida de la memoria
de Yago, en pos de la recuperación de una noción transformadora del
teatro, en la confusión más bien maniaca de Othello, en la dislocación
mítica de Desdémona, en No Othello. En tiempos en los que la
enfermedad se torna obsesión rayana en la locura y bolsa de valores
de la moral: teatro total al fin, Gallardo recurre a ella en Breve silbido desde el exilio, a la decadencia o decrepitud que la enarbola,
para profundizar en lo que de no humano se le ha conferido. En esta
obra, tres personajes, dos hombres y una mujer, dos de ellos en circunstancia
de enfermedad terminal habrán de sumergirse en la parte más íntima
de sus existencias: su propia carne, sus propios huesos, los huesos
de sus memorias al borde de la putrefacción, aunque siempre con la
colaboración de un tercero, el amante o traductor o relator de los
hechos del cuerpo de los otros desde un escenario y frente a un público
hipotéticos.
II
“Ella se siente tan
mal que quiere que la despedacen”, dice José Alberto Gallardo a la
actriz Paola Izquierdo durante uno de los ensayos de Breve silbido
desde el exilio, indicándole que a partir de esas palabras es desde
donde podría sentir el personaje que interpretará.
Semanas
atrás le había yo preguntado al dramaturgo y director cuál era su
punto de partida frente a los actores en el proceso del montaje de una
obra. “Actor: nada, nadie”, me dijo. “El actor no alcanzará limpieza
en las acciones si no sabe por qué las está haciendo, si no sabe cómo
decir y sentir un texto. El actor, nada, nadie, por principio.” “El
actor será como un trabajador durante el proceso creativo.” “Trabajador
en cuerpo y lengua”, pensé. “Cuando empieza a moverse, a decir,
a pensar”, dijo él. Le pedí que me invitara al ensayo de una de
sus obras. La oportunidad llegó con Breve silbido desde el exilio, que bajo su dirección se escenificó
los días 16, 17 y 18 de junio en el Museo de la Ciudad, en Querétaro,
con las actuaciones de Paola Izquierdo, Damián Cordero y Tomás Rojas.
Y llegó la oportunidad para ratificar las respuestas del dramaturgo
a mi pregunta. He aquí algunas otras indicaciones que daba al actor
y a la actriz con los que trabajó durante el ensayo que presencié,
y con las cuales se iban confeccionando los respectivos trajes-personajes
de su obra:
--Sus
personajes no quieren ser héroes frente a la muerte.
--La
noción del futuro de ella sólo puede ocurrir en su propio cuerpo.
--Vuelven
a nombrar el cuerpo por sus partes, como si nombrar fuera una forma
de “escudo” contra la muerte.
--La
inminencia de la muerte es lo que les va a dar la posibilidad de crear
un corpus de lo vivencial.
--Tienes
que oírla a ella para que transmitas al espectador que mirar al otro
es también el silencio.
--Ni
él ni ella intentan ser héroes defendiendo una ciudad en ruinas.
--No
quiero que hagan melodrama; no quiero que sientan pensando.
--Se
trata más bien de salvar el amor a través de la permanencia de la
carne a través de la palabra.
--El
diagnóstico como amenaza del dolor es lo que en algún momento hace
creer que ya no merecen un nombre personal, por eso la urgencia de nombrar
el cuerpo.
--Deja,
deja que su mano te narre.
“Nada, nadie por principio”
entonces; quizá sólo, a decir de Gallardo mismo, el lugar más
triste del mundo: un escenario.
José Alberto Gallardo
ha sido también codirector de la obra
Autopsia a un copo de
nieve, de Luis Santillán.
Breve silbido desde
el exilio se estrenará próximamente en el Distrito Federal, para
luego iniciar gira por Sudamérica.
( * ) Guillermo Arreola
es pintor y escritor