Agua de azar 
 
Algunas coincidencias

 
Your browser may not support display of this image.

 
 
Esta columna se acerca a ocho años de existencia con gratitud creciente y, al parecer sin  
haber traicionado el ánimo que la titula. A pesar del tiempo y las constancias no han  
faltado lectores que, cada ocho días, escriben con el amable propósito de aclarar lo que  
consideran un error de ortografía; muchos creen que este espacio se llama "agua de  
azahar" como si mis párrafos pretendieran servir en la preparación de ciertos pasteles, o  
bien como bálsamo para calmar los nervios o ya de plano, la más barata de las lociones  
perfumadas que permite disfrazar los malos olores con la engañosa fragancia de la flor de  
naranja. 
En realidad, esta columna intenta hacer el juego de palabras, aprovechando la mudez  
de la letra H, por una irrefrenable fascinación y necia propensión hacia las sincronías y  
coincidencias. Se trata de una declaración pública del azar, ese horizonte borroso que  
algunos confunden con el destino que marca o determina el curso de una conversación o  
el instante preciso en que se salva una vida. Desde la infancia he sido devoto detective de  
las huellas del azar: en algunos casos para intentar explicarme la desgracia de una  
cornada y en otras, tan sólo como divertida sobremesa donde se consigan chiripadas sin  
buscarles sentido metafísico. Uno sueña sin quererlo con algún personaje entrañable de  
nuestro pasado, al que hemos dejado de ver durante años, y al despertar en la realidad, se  
nos aparece a la vuelta de la esquina. Como si nada. Como si todo, habrá quien le quiera  
asignar transpiraciones teológicas o energías invisibles a la matemática secreta de los  
azares y coincidencias, pero valga para estos ocho años una muestra de las más pura del  
azar sin afanes evangelistas ni propósitos esotéricos. Son no más que una primera, breve,  
antología de algunas de las coincidencias que –por puro azar—bañan con misterio no  
exento de entretenimiento el transcurso de los días que ya son años. Ojalá, por lo menos,  
sirvan para solaz y sana lectura de verano: 
Uno. En 1924, durante un viaje de placer con su marido, la novelista norteamericana  
Anne Parrish se detuvo por azar en una librería de viejo en París. Sobre una de las mesas  
encontró un ejemplar de Jack Frost and Other Stories, mostrándoselo al marido al tiempo  
que le decía que ese libro había sido el favorito de su infancia. El marido, quizá con la  
idea de regalarle un recuerdo fehaciente de su pasado, abrió la cubierta para mirar el  
precio y se encontró con la inscripción en la portadilla que decía "Anne Parrish, 209 N.  
Weber Street, Colorado Springs". Era el mismo ejemplar que había tenido en sus manos de  
niña la novelista que, en ese instante, parecía recuperar su infancia. 
Dos. El gran Mark Twain nació el mismo día de 1835 en que apareció por los cielos el  
cometa Halley y murió en 1910, exactamente el mismo día en que volvió a aparecer en el  
firmamento el mismo cometa. 
Tres. En 1928 sobre el romántico trayecto de un tren en Perú, coincideieron en el  
mismo compartimiento tres empresarios ingleses que al presentarse e intercambiar  
tarjetas descubrieron llamarse Bingham, el primero de ellos; Powell el segundo y el  
tercero, sin discordia, era nada menos que Bingham-Powell, sin que estuviesen  
relacionados de alguna manera. 
Cuatro. En 1953, con motivo de la Coronación de Isabel II como reina de Inglaterra, el  
reportero de la televisión norteamericana, Irv Kupcinet, se hospedó en el Hotel Savoy en  
una habitación donde se encontró algunas pertenencias olvidadas a nombre de un tal  
Harry Hannin. Kupcinet asoció de pronto que había un jugador de balncesto en broma en  
el equipo de los Harlem Globetrotters que él había entrevistado en alguna ocasión. Dos  
días después, antes de que Kupcinet pudiese buscar informarle al basquetbolista del  
hallazgo de sus cosas, el propio Kupcinet recibió un mensaje desde la televisora donde le  
informaban que Harry Hannin había enviado un cable desde el Hotel Meurice en París  
donde avisaba haberse encontrado una elegante corbata de seda, olvidada en un cajón de  
la habitación que ocupaba, junto con otro jugador del equipo. La corbata llevaba bordado  
el nombre de irv Kupcinet. 
Cinco. El 22 de mayo de 1975, los hermanos gemelos Arthur y John Mowforth, que  
vivían a ochenta millas de distancia en poblados similares de la Gran Bretaña, sufrieron  
respectivos dolores de pecho al mismo tiempo. Ambos fueron trasladados a sus  
respectivos hospitales, sufrieron idénticos ataques al miocardió y fallecieron, con algunos  
minutos de diferencia, al mismo tiempo. 
Seis. En 1898 el escritor Morgan Robertson escribió Futility, una novela que versaba  
sobre el malogrado viaje inaugural de un inmenso trasatlántico llamado "Titan". En la  
novela, así como en 1912 en la realidad ya muy conocida que sufrió el "Titanic", Robertson  
apuntó que el barco no lo hundía ni Dios, que se ahogaban 3,000 pasajeros (cifra casi  
exacta a los 2,207 hombres y mujeres que perecieron con el "Titanic") y que los  
sobrevivientes se las tuvieron que arreglar con apenas 24 lanchas de salvamento (casi la  
misma cantidad de 20 con las que se salvaron los que pudieron en "Titanic"). 
Siete. Meses después de hundido el "Titanic", un joven gaviero a bordo del tramp  
steamer "Titanian" sintió el pánico gélido de confirmar que navegaban muy cerca de donde  
había sido el hundimiento y con gritos de enloquecido profeta hizo que pararan la nave. El  
capitán confirmó que, efectivamente, se hallaban en la latitud y longitud exactamente  
coincidentes con el célebre naufragio y, además, ya bogando sin motor, todos  
confirmaron la cercanía de un inmenso iceberg que pudo haberlos cornado en medio de  
esa noche de altamar de no haber parado vapores. 
Las listas que llevo contienen muchísimos más párrafos de este tipo de aguas del  
azar, algunas personales otras ya muy conocidas, un tanto confiadas por amigos y  
familiares y otro tanto leídas o escuchadas a lo largo de los años. Muchas no son más que  
chiripadas inofensivas y muchas otras han llegado a electrizar la piel como si fuesen  
ominosas marcas de aguas aún más profundas. Dejemos por hoy en siete historias los  
pequeños relatos de coincidencias puras que, al final, no son más que una confirmación  
del inefable entramado de muchos de los enigmas que nos rodean. Como quien confiesa  
que anoche soñó la desesperada angustia de no saber qué diablos publicar en una  
columna semanal y logró descansar al filo del alba con el plácido sueño de que narraba de  
sobremesa una serie de coincidencias absurdas… para pasar el rato.

 
Jorge F. Hernández 
jfdhz@yahoo. com