Día del abogado, día de la reflexión
Fernando Serrano Migallón
16 de julio de 2008
El atormentado Ambroce Bierce, aquel
gringo viejo que cruzó la frontera en tiempos de la revolución mexicana
para perderse, entre el polvo de las milenarias columnas de la división
del norte y entre el polvo del olvido, vino a morirse a tierras mexicanas
en una guerra que no entendía pero cuya vitalidad lo subyugaba; a Bierce
lo salvaron, por otra parte, las palabras; las que de él dijeron autores
como Carlos Fuentes y las que él mismo escribió, como testimonio de
un ciudadano sometido a la estupidez, la locura y la injusticia de los
tiempos, que ya a fines del siglo XIX, llamábamos modernos.
Son
varios los libros de este escritor americano, pero el más célebre
es su Diccionario del Diablo, cínico muestrario de lo que la realidad
arroja de cuando en cuando en la red del observador desencantado. En
ese glosario generalísimo, para la voz justicia, Bierce apuntó: “mercancía,
más o menos adulterada, que vende el Estado al ciudadano como recompensa
por su lealtad, impuestos y servicios personales.” Hay veces que uno
no quisiera creerlo, pero esta triste definición se aproxima al encuentro
del día a día de los ciudadanos con el mundo del Derecho.
El
día 12 de julio, desde hace varios años y en recuerdo de la primera
cátedra de Derecho dictada en América, se celebra en nuestro país
el día del abogado. En esa fecha ocurren al menos dos fenómenos, el
primero es el encuentro de un gremio muchas veces dividido pero en eterna
búsqueda de su unidad, momento de reconocimientos y reclamos, en el
que se vierten palabras a raudales y que, sin embargo, no parece muy
cercano al ciudadano común y corriente y el segundo, la eterna y siempre
necesaria reflexión en torno a la materia de trabajo de los abogados:
la legalidad y la justicia.
Entre
todos los retos que los mexicanos hemos afrontado desde finales del
siglo XX, como la conquista de la democracia viva y participativa, se
encuentra el de la construcción de la legalidad como forma de vida
y de la justicia como valor central de la convivencia social. Existe
una brecha que separa a gobernantes y gobernados; de ahí que no podamos
comprender cómo, para el gobernante la tragedia del “antro” News
Divine, sea en realidad un problema de corrupción de menores, cuando
nosotros vemos un evidente caso de corrupción de autoridades, que mientras
para nosotros se trata de la vida estúpidamente cegada de doce adolescentes,
para ellos sea un asunto de competencias policiales.
Sin
embargo, los mexicanos hemos encontrado la forma en que la justicia
deje de ser una mercancía expendida por el Estado, nuestra forma se
llama ciudadanización y consiste en el reclamo y ejercicio de nuestros
derechos a través de todos los foros posibles. Hoy habemos más ciudadanos
que nunca en todos los lugares haciendo algo, cualquier cosa por pequeña
que parezca, para lograr el imperio de la justicia y de la legalidad.
Siempre
habrá abogados, en nuestra cultura y en todas las otras, dispuestos
a adulterar la justicia para ofrecerla como botín o como platillo para
el mejor postor, pero también es verdad que en nuestro país se han
gestado nuevas generaciones de ciudadanos que sabrán establecer, por
vías pacíficas y cotidianas, el imperio de la Ley y de la Justicia.
Entre esos ciudadanos se encuentran los abogados que mañana harán
del 12 de julio un día para celebrar la convivencia civilizada de los
mexicanos, en torno a la legalidad, a la justicia y a la libertad.
Fernando Serrano Migallón
fernando.serrano@cide.edu
Compañero Presidente
En junio de 1908 nació uno de los
hombres que habrían de revolucionar la historia latinoamericana; en
la Ciudad de Valparaíso, Chile; nació Salvador Allende Gossens. Hoy,
a cien años de distancia, la recuperación de su memoria, envuelta
en un halo de ejercicio de justicia social e histórica, trae su nombre
como de entre el humo del bombardeo de La moneda en 1973.
Allende,
es la imagen de una época y de un tiempo de esperanzas para nuestro
continente, a diferencia de otras figuras revolucionarias, como el Ché
o como Sandino, emprendió la conquista del poder por vías democráticas,
su gobierno fue un ejemplo de cómo la organización social podía y
puede alcanzar el ejercicio legítimo del poder sin recurrir a la vía
armada y, sin embargo, en una cruel paradoja del destino, fue la violencia
lo único que pudo detenerlo.
Jorge
Luis Borges escribió alguna vez, refiriéndose a Kipling, que el escritor
puede escoger la fábula, pero no la moraleja. A tantos años vista,
la enseñanza surgida de la vida de Salvador Allende nos llega por encima
de los debates históricos y nos aclara mucho de lo que esperamos los
latinoamericanos de nuestras izquierdas y de nuestros políticos.
Pensaría,
sólo para comenzar una reflexión, en una enseñanza referida al binomio
legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio en el poder; según
las teorías políticas más aceptadas, un gobernante goza de legitimidad
de origen cuando para su ascención al poder cumple con las normas constitucionales
previstas para el caso, Allende la tenía, aún cuando esté de moda
cuestionar que no había sido el voto mayoritario de los chilenos el
que lo habría hecho presidente, sino el voto senatorial que previo
pacto le concedió la presidencia, aún en ese extremo, Allende fue
el primer gobernante con un programa socialista que llegó al poder
constitucionalmente en nuestro continente; por otra parte, la legitimidad
de ejercicio se logra cuando el gobernante cumple con las funciones
que le corresponden y no sólo eso, sino que cubre razonablemente con
las expectativas que de su gobierno pueden formarse los ciudadanos;
Allende también cumplió con este aspecto, acusar a su gobierno de
la pérdida del control, de la gobernabilidad y de la paz así como
del bienestar de los ciudadanos atrayendo con ello el golpe de Estado,
es como acusarlo de ser causante de la inhumana dictadura de Pinochet;
se puede hablar mucho de la actuación de los militares al frente del
gobierno chileno, pero si en realidad se quiere hablar con seriedad
del tema se debe partir del hecho de que se trató de un gobierno ilegal
y que frustró un gobierno constitucionalmente legítimo, esto es, que
no hay razonamiento serio si no se parte de esa dinámica de víctima
y victimario.
Allende
fue conocido dentro y fuera de Chile, como el Compañero Presidente;
esa señal de cercanía es parte de su enseñanza histórica. La izquierda
debe ser cercanía con el ciudadano o no es izquierda; el Compañero
Presidente no gobernó para los más pobres, gobernaba para los ciudadanos
entre los cuales ocupaban prioridad los menos favorecidos, la izquierda
o es incluyente o es demagógica. Allende no se conformó con haber
logrado los votos parlamentarios necesarios, salió a la calle y a la
mina para hacer gobierno y es que la izquierda es acción social o es
utopía. Aún días antes del golpe, cuando se planteaba la necesidad
de un plebiscito sobre su permanencia al frente del ejecutivo, Allende
seguía trabajando en el cumplimiento de su programa revolucionario
porque la izquierda es compromiso o no es nada. No hay duda, tenemos
todavía mucho que aprender de la figura y del trabajo del Compañero
Presidente.
Fernando Serrano Migallón
fernando.serrano@cide.edu
El
rescate del siglo
Una de estas mañanas,
en que la televisión nos entera un poco de las noticias; nos encuentramos
con la imagen de Ingrid Betancourt finalmente liberada y en compañía
de sus hijos. No se puede negar que la escena es conmovedora y que representa
un canto a la persistencia de la vida y a la importancia de la libertad
como valor fundamental; sin embargo, hay algo en el fondo que no termina
de convencer, tal vez sean las preguntas de algunos periodistas que,
atenazados por la emoción que reflejan las pantallas, lanzan preguntas
inauditas: “¿Cómo se siente al ver a sus hijos?”, “¿Sufrió
mucho en su cautiverio?”; en algún momento, Ingrid Betancourt hace
un llamado para el acercamiento entre los presidentes de Colombia y
Venezuela y así el discurso va saliéndose del cauce original para
entrar en los vericuetos de la oportunidad política.
Las
emociones humanas, cuando pasan por el filtro de la cámara y se difunden
en imagen, adquieren algo de teatral que las vuelve homogéneas y aptas
para todo público. No es que Ingrid Betancourt no sea una mujer admirable,
que lo es; no es que su liberación no sea causa de alegría para cualquier
persona civilizada, es más bien el hecho de que nos llega rodeada de
todo un sistema de comunicaciones que nos ha enseñado a dudar de él
y a cuestionarnos siempre sus verdaderas intenciones.
Menos
de veinticuatro horas después, la radio suiza anuncia que el rescate
de Ingrid Betancourt y tres ciudadanos norteamericanos habría costado
veinte millones de dólares y que habríamos presenciado sólo el montaje
de una operación pactada. Un día antes, el gobierno de los Estados
Unidos declaraba que había participado en el rescate y aunque los gobiernos
de Francia y Colombia se han pronunciado en contra de lo dicho por los
periodistas suizos y que nada nos puede llevar a dar mayor credibilidad
a la Radio Suiza Romanche que a Radio Caracol, hay varias cosas que
se nos quedan en el tintero.
Nadie
puede negar lo extraordinario que hay en que la ciudadana franco colombiana
haya sido rescatada en conjunto con los tres norteamericanos, porque
tratándose de la libertad de personas nada tiene que ver la nacionalidad
pero, siguiendo esta lógica, ¿qué sucede con las decenas de colombianos
que siguen sufriendo el atroz cautiverio en que los tiene hundidos las
FARC en la selva colombiana?; ¿quién hablará por ellos ahora que
los reflectores van hasta París para ver como el retrato de Ingrid
Betancourt es retirado del Hôtel de Ville, donde permaneció por años
como muda denuncia contra su ilegítima prisión?, ¿qué podemos pensar
si se comprueba que se trata de una negociación encubierta?
Existe
en el Derecho Internacional la figura del grupo beligerante, se trata
de movimientos armados que, con una causa política sustentada por bases
sociales, se hace del poder efectivo en una región significativa de
un territorio, a esa figura se acogieron la OLP y el FSLN en su momento,
el objetivo de esa forma de reconocimiento internacional era deslindar
sus actos del terrorismo que hoy, como ayer, constituye un delito de
lesa humanidad. Las FARC no han demostrado sino ser un grupo terrorista
con el que no se puede negociar sino a riesgo de ser cómplices
de su trayectoria delictiva. La violencia es uno de los males endémicos
de nuestro continente, está ligado a temas como la pobreza y la desigualdad,
es ahí donde está el esperado rescate del siglo, el de los miles y
miles que siguen secuestrados por la injusticia y el olvido.
Fernando Serrano Migallón
fernando.serrano@cide.edu