Recuerdos que matan

Miguel Barberena  

Your browser may not support display of this image.
       
Your browser may not support display of this image.
 

        Susana Alexander                                                                            Joan Didion 

El año del pensamiento mágico llega a la cartelera teatral de la ciudad de México precedida de gran fama. Fue en el principio un celebrado libro autobiográfico de la escritora Joan Didion, publicado en 2005; el año pasado se adaptó a la escena de Nueva York en forma de  monólogo en un acto, con Vanessa Redgrave en el papel único; y en este momento la producción se presenta con éxito en el teatro Lyttelton de Londres, la misma Redgrave de estelar. En nuestro caso, es Susana Alexander quien dirige y actúa esta obra, cuyo estreno tuvo lugar el pasado 12 de julio en el Ofelia, para una temporada de tres semanas.

Susana sortea un tema incómodo y denso con el oficio que se le conoce.  No la tiene fácil: la pieza trata un asunto que preferimos evitar, la muerte de un ser querido. Aquí Susana debe encarnar a una mujer rota por dentro, al borde de la locura, pero controlada y de aspecto siempre “cool”. Se trata, como ella misma lo dice en un momento de la pieza,  “de enfrentar con integridad” su tragedia. Porque de tragedia se trata:  en el caso de la señora Didion es la muerte de su esposo, el también escritor John Gregory Dunne, el 30 de diciembre de 2003, seguida por la de su hija, de nombre Quintana Roo, en agosto de 2005... El publico entiende que no ha venido a divertirse cuando, de entrada, Susana Alexander, en el papel de la Didion, le advierte:  “Esto también les pasará a ustedes. Los detalles serán diferentes, pero esto también les pasará a ustedes”.  Y después pasa a contar el detalle de sus dos muertes, empezando por la de su esposo durante cuarenta años: ella prepara una cena ligera, mientras John Gregory se sirve un whisky, de pronto cae fulminado por un infarto. “La vida cambia en un instante”, en efecto…

El escenario de la obra es el salón/estudio de un agradable departamento en Manhattan, con chimenea y un gran ventanal que mira hacia lo que se supone es el “West side” de la ciudad: el hogar de una de las parejas literarias más destacadas de Estados Unidos. Este es ahora el “huis clos” de la viuda Didion, el lugar cerrado desde el que nos cuenta “lo que sucedió”. Lo hace a veces con precisión cronológica y de detalle, como para mejor remover el dedo en la llaga; otras,  se deja llevar por el torbellino de la memoria, lo que ella llama “el vórtex”. Por aquí llega a lugares de un dolor insoportable, las casa en Malibú,  los años de Honolulu, la boda de Quintana, el último viaje a París, hospedados en el Hotel Bristol… los recuerdos que matan…

Alexander logra una aproximación al parecido físico de la Didion, con un peinado a lo “bob” y ropas adecuadas a una mujer septuagenaria y frágil.  Pero podría estar representando a toda mujer que ha sobrevivido a esta circunstancia. Su actuación pasa por la negación, luego la rabia, por fin la resignación, aquello de “dejar ir a nuestros muertos”. 

En su memoria, Didion cuenta que no escribió una línea durante el año posterior a la muerte de su esposo. Además del luto, tenía a  Quintana, su hija única, dentro y fuera de hospitales, al momento de la muerte de John Gregory, en un “coma inducido” por causa de un “shock séptico”. Fue el año de los “pensamientos mágicos”, ideas absurdas que extrañamente la ayudaron a sobrevivir. Por ejemplo: La muerte de John Gregory era un error reversible… No podía  deshacerse de sus zapatos, ¿qué se iba a calzar cuando regresara a casa?

Tras el año mágico, Didion volvió a la escritura y se exorcizó con el libro que ha servido de base al monólogo. Lo publicó en abril de 2005, con un gran éxito de crítica y de ventas. Cuatro meses después, murió Quintana en California de una pancreatitis. La pieza de teatro retoma donde termina el libro,  y el público asiste acongojado  y carilargo al duelo de esta brava mujer que se confunde en escena con Susana Alexander.